viernes, 16 de agosto de 2013

Juego de Espías (Spy Games) Capítulo 2

Resumen: Poderosa y exitosa, Isabella Swan, tiene el mundo en la palma de su mano. Desafortunadamente para ella, también lo tiene Edward Cullen.

Juego de Espías 

Por

Jenn1987

Declarativa: La historia es propiedad de Jenn1987 y los personajes pertenecen  S. Meyer.

Capítulo 2 “Dulce Venganza”

Después de que me duché borrando de mi cuerpo el encuentro de esta noche y me limpié de la situación por completo, me metí a la cama y traté de no pensar en Edward Cullen. Necesitaba una distracción, aunque fuera por tan sólo un segundo. Mis esfuerzos fueron en vano. Cada vez que cerraba mis ojos, lo veía empujándome contra esa pared del elevador. Sentía sus dedos dentro de mí y su polla dentro de mi boca.

Fue una de las experiencias más emocionantes en mi vida. Me tocó como si fuese un violín, tocando mis cuerdas como si hubiese practicado por años. Luego, se retractó casi tan impulsivamente como me había comenzado a besar en primer lugar. Me dejó tambaleándome.

Alrededor de las cinco y media de la mañana, dejé de intentar dormir y una vez más, me puse a ojear la Revista Dinero.

¡Vaya estúpido!

Giré la revista y la tiré por la habitación, pegando con la pared y cayendo en el piso. Para empeorar las cosas, ahora sabía que él vivía dos pisos arriba de mí. Probablemente, en este momento él estaba acostado en su cama, durmiendo tan plácidamente como seguro siempre lo hacía. Las personas hermosas duermen mejor cuando han hecho que otra persona se sienta fea.

De repente, se escuchó un ligero golpeteo en la puerta. Sorprendida, me levanté de la cama y tomé la bata, envolviéndola alrededor de mi cuerpo en un desesperado intento por cubrir el hecho de que vestía unos bóxers viejo y una playera de tirantes para dormir. Si era Alice, más valía que se tratara de algo importante. Pasé mis dedos por mi cabello mientras caminaba hacia la puerta de entrada y miré por la mirilla.

Era el último rostro que quería ver, dejándome pasmada. Era el diablo reencarnado.

¿Qué se suponía que debía hacer?

Podía regresar a mi cama, meterme bajo los cobertores y olvidarme de lo que había pasado ayer. No había ningún motivo por el cual tuviese que hablarle otra vez, a parte del hecho de que vivía en mi edificio. Pero bien podía evitar también esos encuentros, anticipando cuando él caminara por la recepción y obligándome a entrar antes o después de que él lo hiciera.

Eso es ridículo Bella. Vivías aquí primero que él. Si alguien debía esconderse, tenía que ser él. Rápido. ¡Piensa! ¡Piensa! ¡Piensa!

El golpeteó comenzó de nuevo y supe que tenía que enfrentar este asunto. No podía escaparme de ello. Mi cuerpo había experimentado algo inolvidable y estaba de más el decir que había dejado huella. No había nada más que hacer, así que envolví más apretadamente la bata alrededor de mi cintura y abrí la puerta, preparándome para agredirlo con mis palabras. En vez de eso, él entró, empujando la puerta y plantando sus labios en los míos. Sus manos buscaron camino hacia mi cabello, y yo tan sólo colapsé en sus brazos.

Dios, ¿por qué tenía que ser tan malditamente perfecto? Su aroma me consumía, me desestabilizaba, y su sabor mandaba escalofríos por mi columna de la manera más tentadora. Por más enojada que estuve antes, ahora era pure en sus manos. Su frenesí nos llevó hasta el recibidor, sus manos llegando a mis hombros para deslizar la tela que me envolvía. La bata cayó de mi cuerpo, casi tropezándome mientras caminaba hacia atrás. A pesar de todo, sus labios nunca se apartaron de los míos.

Estaba aturdida. ¡No podía creer que esto estaba pasando…de nuevo!

Mi estómago se llenó de mariposas, mis piernas flaquearon debajo de mí, y mis manos temblaron cuando las llevé a su nuca. Me empujó hacia atrás y me forzó a caer sobre el sofá. De nuevo, enfrenté el dilema de detener esto o permitir que continuara. De verdad quería ver hasta dónde llegaría esto -- pero aún había ese problema del enemigo.

“Espera, espera. ¿No deberíamos hablar sobre esto?” tartamudeé.

Se detuvo y se arrodillo entre mis piernas, mirándome impacientemente. “Habla,” exigió.

Luché por encontrar las palabras correctas que decir, aferrándome a cualquier cosa que llegaba a mi mente. “Uh…” fue el único sonido que fui capaz de emitir. “¿Qué estás haciendo aquí?” finalmente, había recobrado el habla.

“Creí que era evidente.”

“Sí, pero no puedes entrar aquí y exigir esto de mí. Especialmente después de lo que me dijiste en el elevador.”

“Sólo quise decir que no deberías hacer esto. No que no lo deseara.” Se inclinó para besarme apasionadamente, probablemente esperando que con eso terminara la conversación. Pero aún estaba confundida. Lo empujé y me enderecé, dándole una mirada que sugería que su respuesta simplemente no era suficiente. “No pude dormir,” continuó después de suspirar. “Pensando en ti. Dejándote de ese modo. Soy un bastardo. Un cretino impulsivo. Pero…creo que me deseas  tanto como yo a ti.”

Si tan sólo supiera cuán exacta era su declaración.

Una última mirada selló el trato. De alguna manera, ya no pude resistirme. Lo tomé por la nuca y estrellé mis labios con los suyos. Esa deliciosa lengua suya salió de su boca, embriagando mis labios en un frenesí. Los bóxers y mi ropa interior fueron sacados de mi cuerpo. Llevé las manos hacia su pantalón, desabotonándolo y deslizando una mano debajo de la tela, aferrando la base de ese perfecto bulto. Se recargó sobre mí, forzando mi cuerpo a recostarse sobre el sofá, antes de posarse sobre mi temblorosa figura. Su boca viajó hacia mi mandíbula, a través de mi cuello y mordisqueando la piel de mi clavícula.

Cerré mis ojos en un intento inútil por aferrarme a la realidad.

¿Estaba pasando realmente esto?
Tal vez me quedé dormida.

Repentinamente, como si me hubiese escuchado, clavó sus dientes en mi pecho, causando que un audible grito saliera de mis labios.

Nop, definitivamente no estaba durmiendo.

Recorrí mis manos por mi enmarañado cabello, luchando por encontrar un pensamiento racional. Dándome cuenta de que ya la razón no tenía nada que ver con lo que ocurría, concluí que esto era meramente instintivo. La razón difícilmente tenía significado cuando tu cuerpo tomaba el control.

De pronto, escuché como mi top era rasgado por la mitad y levanté mi cabeza sorprendida. “Maldición Edward, ¿qué demonios estás haciendo?”

“Bella, ¿quieres que me detenga?” trajo su mano debajo de mi barbilla y me obligó a mirar sus ojos verdes. Se esforzaba tanto en ocultarlo, pero podía notar que estaba nervioso de que le contestara que sí.

Negué rápidamente con la cabeza, mordiéndome el labio inferior con inseguridad. Esto era definitivamente con lo que había estado soñando durante meses, pero ahora que se había convertido en una realidad, ¿estaba segura de que podría llegar hasta el final? Definitivamente, no había nada bueno que pudiera salir de esto…y seguramente él también lo sabía.

Se inclinó y presionó sus labios a mi oído. “Entonces cállate, y déjame terminar lo que vine a hacer aquí.”

Sus dedos recorriendo hacia la parte baja de mi cuerpo y se plantaron en medio de mis piernas una vez más, con sus uñas aruñando gentilmente mi piel. Se deslizaron hasta que finalmente encontraron su destino, circulando perfectamente mi clítoris con su pulgar, mientras metía dos de sus dedos dentro de mí. En un instante habían localizado el lugar que habían descubierto antes, llevándome al éxtasis. Me arqueé hacia él, con sus labios prestándole especial atención a mi cuello mientras mordisqueaba y succionaba dulcemente pequeñas porciones de mi piel. Cada nervio en mi cuerpo se erizó; mis pezones se endurecieron, y todo lo que podía ver era el color bronce de su cabello recorriendo mi cuerpo. Mi corazón se aceleró en mi pecho cuando los temblores continuaron por mi estómago y mis muslos. Tensé mis músculos tratando de ocultarlos, pero él se alejó de mí y me sonrió.

“Estás temblando,” murmuró.

“Tú también,” respondí rápidamente. Sonrió engreídamente y buscó en su bolsillo, sacando un condón y abriendo la envoltura con sus dientes. Desenrollo el látex sobre su polla que estaba entre nosotros y se alineó en mi entrada. Luego, miró hacia arriba y me regaló su hermosa y sexy sonrisa.

Ay Dios mío.

Pude haberme corriendo en ese instante. Mi corazón se acelero en anticipación. A pesar de que sabía cómo me sentiría después, todo en mi cuerpo quería acabar con esto -- quería hacer esto ahora.

Se adentró en mí lentamente, con una mano en mi cadera y la otra sobre el brazo del sofá detrás de mi cabeza. Tan pronto como nuestros cuerpos estuvieron conectados, este ímpetu alucinante se disparó hasta mi alma. Era como si hubiese pasado mi vida entera esperando y construyendo hasta este momento y cada encuentro antes de él había sido solo una práctica. Nosotros tan sólo…encajábamos…dos misteriosas piezas de rompecabezas. Nuestros cuerpos se comunicaban en un lenguaje completamente suyo.

Mi intención era empezar lento, tratando de disfrutar cada instante, pero una vez que lo había engullido, no había manera de frenar la manía entre nosotros. Mis manos parecían estar en todas y en ninguna parte al mismo tiempo. El calor de su cuerpo estremeció las puntas de mis dedos como un corto circuito, pero no podía decir que parte de su cuerpo en realidad estaba tocando. No tenía idea.

Era alucinante cómo alguien que despreciaba, que había llegado a odiar, podía afectarme tanto.  De pronto fingí urgencia, exigiendo un rápido clímax. No podía estar en suspenso por más tiempo. Con cada embestida de sus caderas, yo inclinaba las mías hacia él, forzándolo a ir más profundo y fuerte dentro de mí. Gemí y empuñé mechones de su cabello y estaba segura de que había puesto los ojos en blanco. Pero en este momento, no podía importarme nada.

Estaba en otro lugar, en otro tiempo, donde cosas y sensaciones como estas pasaban todos los días. Nunca antes, en mis más de veinte años de vida, había experimentado NADA como esto -- nada. Pequeños besos recorrieron mi cuello en respuesta a mis gemidos, pero éstos sólo escalaron a incoherentes sonidos emanando desde el fondo de mi garganta.

Mis uñas aruñaron sus omoplatos, provocando que Edward jadeara y cayera encima de mí.

“¿Te gusta rudo, eh?” me provocó, añadiendo una pequeña sonrisa al final de su sentencia.

“Ah, sólo fóllame,” me las arreglé para espetarle en respuesta.

Se rió un poco y luego se inclinó para darme un simple beso en los labios. En el calor del momento, ese pequeño beso pareció más romántico y apasionado que cualquier otro. Estaba eufórica. Mis palpitaciones retumbaban en mis oídos, mis manos temblaron con cada pulso de sangre haciendo eco a través de ellas, y el único pensamiento plagando mi mente era, “¡Demonios, esto es perfecto!”

Perfectamente imperfecto.

Encajábamos -- y no. Nuestros cuerpos parecían conocerse, como si hubiesen estado juntos millones de veces antes, y sin embargo; nuestras profesiones hacían de nosotros una pareja hecha en el infierno.

Al carajo.

Y justo cuando había decidido no pensar en eso, él hizo un pequeño movimiento que puso mis terminaciones nerviosas fuera de control. Los dedos de mis pies se encogieron, mi clítoris palpitaba y cada músculo de mi cuerpo se tensó. Maldije y gemí y grité y, Dios, tan sólo se sentía demasiado bien -- la mejor cosa que había sentido en años. 

“Vente conmigo,” gruñí, forzando mis caderas más fuerte en las suyas. Pero no hubo tiempo. Una ola de puro éxtasis puro recorrió todo mi ser. Cerré mis ojos, mis manos se cerraron en puños y quede boquiabierta. Este orgasmo superaba cada uno de los orgasmos que había tenido en mi vida.

Esbozó esa sonrisa sexy una vez más antes de envolver sus brazos alrededor de mis hombros, anclándose en mi cuerpo para tener más ventaja. Y entonces, todo se detuvo. Nuestros ojos se encontraron formando una conexión que estremeció la tierra, como si adoración pura emanara de cada par. Estaba a punto de decir algo sobre eso, pero su rostro se tensó, se fruncieron sus labios, y supe que también había alcanzado su clímax.

No estaba segura de cómo él se sentía, pero este era, posiblemente, el mejor orgasmo de mi vida. Estaba jadeando, aferrándome a cada cosa alrededor de mí con el fin de recobrar el control de la realidad. Cada terminación nerviosa en mi cuerpo permanecía alerta.

Pasó tiempo, y ninguno de los dos dijo nada. Permanecimos en el sofá, una maraña de extremidades, controlando la serótina y la adrenalina. Eventualmente, levantó su cabeza y me besó, trayendo su mano a mi mejilla para acariciarla cariñosamente con su pulgar. Suaves besos recorrieron mi nariz, ojos y frente. Con una sonrisa retorcida, salió de mí y se empujó hasta el otro extremo del sofá, recargándose y pasando sus manos por su cabello sudado.

“Así que, este es mi apartamento,” finalmente murmuré, en un intento por romper el incómodo silencio. Me erguí, traje mis rodillas hacia mi pecho y envolví mis brazos alrededor de ellas.

“Si me di cuenta,” replicó quedamente. “Bonito lugar.”

Traté de detenerlo, de abstenerme, pero algo dentro de mí obligó a que salieran las palabras de todos modos. “Esto no puedo volver a suceder,” dije rápidamente. Jadeé cuando las palabras se deslizaron de mi boca, inmediatamente meneando la cabeza en decepción. Era como si nuestros cuerpos estuviesen en sintonía, sabiendo ya a dónde dirigirse y qué hacer. El sexo fue alucinante y tan perfecto, pero apenas había conocido a este hombre. Era mi enemigo. Era el malo del cuento, el que estaba tratando de sacarme del negocio. Dios, si Jenks algunas vez se entera de esto, voy a ser despedida antes de siquiera poder explicarme.

Edward pausó, luciendo un tanto sorprendido por lo franca que había sido. “Correcto,” finalmente suspiró, permitiendo que un tono sarcástico rompiera con su voz. “¿Qué hora es?” Miré al codificador de mi TV que proyectaba las seis y cuarto en la oscura sala. Siguió mi mirada. “Será mejor que me marche. Debo de ir al gimnasio antes de que el juego de espías comience.”

“Juego de espías,” susurré, permitiendo que una pequeña risa rompiera a través de mis labios. Estaba pasmada, completamente asombrada de cuán rápido todo había pasado. Él estaba aquí, me había hecho lo que vino a hacer, y ahora se estaba yendo. Alguna parte de mí se sentía usada, pero la parte más sabia recordó que había sido yo quien le había dicho que esto no podía volver a pasar. Fui yo quien lo había echado de mi casa. A lo mejor se habría quedado de haber mantenido cerrada mi boca, aunque no estaba completamente segura que eso era lo que yo quería.

Se puso de pie y se subió el pantalón, lo abrochó y pasó el botón por el ojal. Me miró y me sonrió. En cámara lenta, se inclinó para levantar mi barbilla con su dedos índice.

“Eso fue asombroso, y te veré después.” Llevó sus labios a los míos suavemente, y luego besó mi nariz antes de erguirse y tomar su camisa. Me guiñó el ojo y caminó por la puerta de mi apartamento.

Me dejé caer en el sofá, agarré un puñado de cabello y lo halé frustrada. Tenerlo al otro lado de la calle era bastante difícil, pero después de esta mañana, ¿cómo esperaba lograr hacer algo de trabajo?

Entonces decidí ahí mismo que no podía permitirme actuar diferente. No podía permitirme ser vulnerable otra vez como lo había hecho en el elevador. Realmente había dejado una herida en mí que podía o no estar aún lamiendo, y aunque se había disculpado, no podía olvidar el asombro en sus ojos después de que las luces se encendieron de nuevo. Era como si hubiese perdido el control y se estaba matando por ello.

No podía permitirme ser vulnerable, pero eso no significaba que no podía tener un poco de diversión. Él me había molestado, así que merecía mi revancha. Necesitaba comenzar de inmediato, empezando con una ducha. Si iba a estar jugando al espionaje todo el día,  lo menos que podía hacer era provocarlo un poco más. Mis trajes de negocios eran sexy en aquel sentido  de poderosa Directora Ejecutiva, pero hoy, iba a proyectar otra imagen.

Alice era la mejor asistente que una chica podía tener. Dale una tarjeta de crédito y un armario vacío, y ella lo llenará con telas y zapatos gloriosos. Me las ingenié para escoger un atuendo sin problema, pero cuando llegó la hora de escoger zapatos, me debatía entre dos pares, las botas de cuero negras o los tacones Gucci.

¿Cuáles usar? ¿Cuáles usar?

La voz de Alice resonó en mi cabeza. “Nunca puedes equivocarte con Gucci.” La chica tenía razón.

Me puse los tacones y revisé mi reflejo en el espejo. Mi castaña cabellera colgaba justo debajo de mis hombros, en suaves rizos que resaltaban el escote de mi hermoso vestido blanco. Mi maquillaje era perfecto. Mi atuendo era perfecto. Lucía absolutamente deslumbrante. Me sorprendí de ser capaz de lograr todo esto yo sola.

Me guiñé el ojo y me giré hacia la puerta.

Edward Cullen, prepárate para perder.

Puntal como siempre, llegué a mi oficina a las nueve exactas. Caminé por el pasillo y le guiñé el ojo a Alice cuando pasé por su ventana.  Vi su mandíbula caer mientras brincaba de su escritorio para seguirme.

“¿Qué-Cómo hiciste-Qué estás-Estás sonriendo?” finalmente se las arregló para hablar mientras corría detrás de mí.

“¿Es eso lo que esta extraña tensión en mi rostro es? Creí que estaba perdiendo el control de mi cara,” bromeé mientras abría la puerta de mi oficina y me reía.

“No te había visto lucir así desde que follaste a Caleb Knox en el capo de su Camaro ‘99 en la universidad.”

“¿Fue un ‘99?” pregunté acercándome al escritorio y dejándome caer en la silla detrás de éste. Alice voló hacia el asiento enfrente de mí y posó sus manos encima del escritorio. “Creí que era un ‘97,” murmuré para mí, girando casualmente mi silla para ver si Edward había llegado. Para mi desdicha, aún no estaba en su oficina. Suspiré y me volví hacia Alice.

“No…” jadeó, llevando las manos a su boca. Miré sus ojos y arqueé la ceja, preguntándome si se había dado cuenta. “¿Dime que no lo hiciste?”

“¿Hice…qué?”

“Te follaste a Edward Cullen?” siseó, tan quedo que apenas pude escucharla.

Asentí dos veces, relamiéndome los labios y cruzando las manos en frente de mí.

“¿Y?” gritó.

“Fue fantástico,” me quejé, colapsando encima del escritorio y golpeando mi cabeza con la madera. “Pero luego dije que no podía volverse a repetir y que había sido un error.”

“Bueno, eso fue tonto. Pareciera como si fuera la última cosa que deseas que pase,” replicó Alice con naturalidad.

“¿Estás bromeando? Si Jenks se entera de esto, me despedirá. Sin necesidad de explicación,” me burlé.

“No estoy tan segura de eso. Creo que si le contaras-“

“Alice, en verdad no me interesa hablar sobre eso. Ni siquiera estoy segura aún de cómo me siento,” dije suspirando, esperando que se rindiera y se callara. “¿Podemos seguir adelante?”

“Haz lo que quieras. Tienes citas alineadas durante casi todo el día, luego una reunión a la hora del almuerzo con Robert Smith, el nuevo analista de tecnología de Sprint.” Alice continuó, detallando los eventos exactos de mi jornada. Respiré profundo y asentí con cada nota en la agenda. Cuando terminó, se levantó y salió por la puerta, dejándome sola con mis distracciones. Probablemente se dio cuenta que estaba de un humor extraño, y presionarme para obtener más información hubiese sido la peor cosa que podía hacer.

Pasé mis dedos por mi cabeza y cerré mis ojos, frustrada. ¿Cómo sería capaz de volver a concentrarme? Imágenes del encuentro de anoche plagaban mi mente, y lo repentino de cómo había pasado todo, me dejó rogando por más.

Me puse de pie y caminé hacia el closet, cuidadosamente colgando mi chaqueta adentro. Regresando a mi escritorio, eché un vistazo. Me había dicho que no lo haría, pero la curiosidad me estaba matando. Y allí estaba, de pie frente al ventanal y apoyándose contra la viga, mirando hacia mi oficina. Hoy vistió una camisa verde, el perfecto color que acentuaba sus ojos tentadores. Su cabello era su maraña usual. Si era posible, lucía más guapo que la noche anterior. Me pregunté cuanto tiempo tendría observándome, sonreí y asentí en su dirección.

Me dirigió una sonrisa retorcida y se volvió para sentarse en su escritorio. Sonreí y sentí llegar a mí un ansioso orgullo, porque esa pequeña interacción era su forma de hacerme saber que aún le interesaba. Me tuvo, aún sabiendo que era un error, y sin embargo; todavía estaba intrigado. Sintiéndome un poco presuntuosa, me senté en mi escritorio y comencé a revisar los reportes de ventas.

Fue fiel a mi palabra. No lo miré ni una vez durante todo el día, aunque fue extremadamente difícil resistirme. El hecho de que tenía gente constantemente entrando y saliendo de la oficina era crucial para que mi plan funcionara. Pues no tenía otra opción más que darle la espalda.

Alice entró en un par de ocasiones durante todo el día. Cuando vino a despedirse, mencionó que de hecho él nos estaba observando y lo había estado haciendo cada vez que ella entró. Sentí revolotear las mariposas en mi estómago mientras una ola de emoción se estrelló contra mí. Mi plan malévolo estaba funcionando.

Algunas horas después, estaba de pie inclinada sobre el teclado, escribiendo la última pequeña cantidad de información y alistándome para marcharme. De pronto, el teléfono sonó. Despistadamente lo descolgué y llevé el receptor a mi oído.

“Isabella Swan,” saludé mientras continuaba escribiendo en el teclado.

“Haces que se bastante difícil concentrarse…” la voz al otro lado replicó. Era esa dulce y aterciopelada voz que anhelaba escuchar durante todo el día. “…recargándote sobre tu escritorio de tal manera.”

“Hola de nuevo,” provoqué inocentemente, echando un vistazo sobre el hombro. Estaba de pie en su ventanal, con sus piernas abiertas a la altura de los hombros y sus brazos cruzados al frente. El teléfono estaba metido entre su cabeza y su hombro. “¿Qué puedo hacer por ti hoy?”

“¿Me preguntaba si podías dejar de provocarme? Está comenzando a hacerme sentir un tanto incómodo,” susurró, repitiendo sus palabras de anoche.

“Sr. Cullen, no he derramado nada encima de mí hoy, ni tampoco me he desnudado de ninguna manera. ¿Cómo es posible que lo esté provocando?” repliqué, volviéndome para encararlo y recargándome en el escritorio.

“Ese vestido y esos tacones…esos son tacones ‘follame’, ¿no es así?”

“Sí lo son.”

“¿Todo eso fue para mí?”

“No te hagas ilusiones,” mentí.

“Bueno, luces genial. Gracias por permitirme algunos instantes para disfrutar la vista en todo su esplendor. La parte trasera de tu cabeza, aunque es interesante, es nada comparada con el frente.”

“¿Me has estado espiando todo el día?”

“Por favor Bella. Seguramente, tengo mejores cosas que hacer que estar jugando a los espías con el enemigo,” bromeó sarcásticamente.

“¿Y ahora soy el enemigo?” pregunté juguetonamente.

“¿Acaso no lo fuiste siempre?” respondió, imitando mi tono.

“¿Entonces por qué me llamaste?”

“¿No has escucha el dicho ‘mantén cerca a tus amigos, pero a tus enemigos más cerca aún’?”

“¿Y cuán cerca supones que nosotros debemos de estar?”

Pareció estar sorprendido, inseguro de qué decir a continuación. Con eso colgó el teléfono, tomó su saco del respaldo de su silla y abandonó su oficina. Rápidamente apague el monitor y lo seguí. Corrí por el pasillo y presioné el botón del elevador unas mil veces. No podía llegar lo suficientemente rápido.

Treinta agonizantes segundos después, las puertas se abrieron y me monté, presionando el botón de la planta baja. Me paseé por el elevador, preguntándome si podía llegar a la planta baja antes de que él se marchara. ¿Y si él se había ido? ¿Vendría de nuevo a mí esta noche? Esto era una tortura. Lo odiaba. Odiaba que me hiciera esto. Y al mismo tiempo, amaba todo acerca de la forma en que me sentía justo ahora. Ponía mis nervios de punta, y era la experiencia más emocionante que había tenido.

Cuando las puertas se reabrieron, me despedí de Ollie y me apresuré a salir de la recepción, por la puerta giratoria y hacia la acera. Miré en ambas direcciones y no vi rastro de él, así que corrí al estacionamiento.

Y allí estaba, recargado sobre mi Mercedes negro con una sonrisa retorcida en su rostro. Caminé hacia él y presioné el botón del control remoto para abrir el auto. Aferró su mano en mi nuca y me empujó contra el frío metal. “Supongo que debemos estar lo más cerca posible, durante todo el tiempo que podamos.”

Halé la manija detrás de mí y abrí la puerta trasera. Me senté en el asiento, me recorrí hasta el fondo y tiré de él del frente de su camisa.

“¿Sabes lo que pasará si alguien se entera de esto?” pregunté.


“No diré nada si tu tampoco lo haces.” Entonces sus labios se posaron en los míos una vez más, en un feroz y apasionado abrazo.

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