viernes, 16 de agosto de 2013

Juego de Espías (Spy Games) Capítulo 2

Resumen: Poderosa y exitosa, Isabella Swan, tiene el mundo en la palma de su mano. Desafortunadamente para ella, también lo tiene Edward Cullen.

Juego de Espías 

Por

Jenn1987

Declarativa: La historia es propiedad de Jenn1987 y los personajes pertenecen  S. Meyer.

Capítulo 2 “Dulce Venganza”

Después de que me duché borrando de mi cuerpo el encuentro de esta noche y me limpié de la situación por completo, me metí a la cama y traté de no pensar en Edward Cullen. Necesitaba una distracción, aunque fuera por tan sólo un segundo. Mis esfuerzos fueron en vano. Cada vez que cerraba mis ojos, lo veía empujándome contra esa pared del elevador. Sentía sus dedos dentro de mí y su polla dentro de mi boca.

Fue una de las experiencias más emocionantes en mi vida. Me tocó como si fuese un violín, tocando mis cuerdas como si hubiese practicado por años. Luego, se retractó casi tan impulsivamente como me había comenzado a besar en primer lugar. Me dejó tambaleándome.

Alrededor de las cinco y media de la mañana, dejé de intentar dormir y una vez más, me puse a ojear la Revista Dinero.

¡Vaya estúpido!

Giré la revista y la tiré por la habitación, pegando con la pared y cayendo en el piso. Para empeorar las cosas, ahora sabía que él vivía dos pisos arriba de mí. Probablemente, en este momento él estaba acostado en su cama, durmiendo tan plácidamente como seguro siempre lo hacía. Las personas hermosas duermen mejor cuando han hecho que otra persona se sienta fea.

De repente, se escuchó un ligero golpeteo en la puerta. Sorprendida, me levanté de la cama y tomé la bata, envolviéndola alrededor de mi cuerpo en un desesperado intento por cubrir el hecho de que vestía unos bóxers viejo y una playera de tirantes para dormir. Si era Alice, más valía que se tratara de algo importante. Pasé mis dedos por mi cabello mientras caminaba hacia la puerta de entrada y miré por la mirilla.

Era el último rostro que quería ver, dejándome pasmada. Era el diablo reencarnado.

¿Qué se suponía que debía hacer?

Podía regresar a mi cama, meterme bajo los cobertores y olvidarme de lo que había pasado ayer. No había ningún motivo por el cual tuviese que hablarle otra vez, a parte del hecho de que vivía en mi edificio. Pero bien podía evitar también esos encuentros, anticipando cuando él caminara por la recepción y obligándome a entrar antes o después de que él lo hiciera.

Eso es ridículo Bella. Vivías aquí primero que él. Si alguien debía esconderse, tenía que ser él. Rápido. ¡Piensa! ¡Piensa! ¡Piensa!

El golpeteó comenzó de nuevo y supe que tenía que enfrentar este asunto. No podía escaparme de ello. Mi cuerpo había experimentado algo inolvidable y estaba de más el decir que había dejado huella. No había nada más que hacer, así que envolví más apretadamente la bata alrededor de mi cintura y abrí la puerta, preparándome para agredirlo con mis palabras. En vez de eso, él entró, empujando la puerta y plantando sus labios en los míos. Sus manos buscaron camino hacia mi cabello, y yo tan sólo colapsé en sus brazos.

Dios, ¿por qué tenía que ser tan malditamente perfecto? Su aroma me consumía, me desestabilizaba, y su sabor mandaba escalofríos por mi columna de la manera más tentadora. Por más enojada que estuve antes, ahora era pure en sus manos. Su frenesí nos llevó hasta el recibidor, sus manos llegando a mis hombros para deslizar la tela que me envolvía. La bata cayó de mi cuerpo, casi tropezándome mientras caminaba hacia atrás. A pesar de todo, sus labios nunca se apartaron de los míos.

Estaba aturdida. ¡No podía creer que esto estaba pasando…de nuevo!

Mi estómago se llenó de mariposas, mis piernas flaquearon debajo de mí, y mis manos temblaron cuando las llevé a su nuca. Me empujó hacia atrás y me forzó a caer sobre el sofá. De nuevo, enfrenté el dilema de detener esto o permitir que continuara. De verdad quería ver hasta dónde llegaría esto -- pero aún había ese problema del enemigo.

“Espera, espera. ¿No deberíamos hablar sobre esto?” tartamudeé.

Se detuvo y se arrodillo entre mis piernas, mirándome impacientemente. “Habla,” exigió.

Luché por encontrar las palabras correctas que decir, aferrándome a cualquier cosa que llegaba a mi mente. “Uh…” fue el único sonido que fui capaz de emitir. “¿Qué estás haciendo aquí?” finalmente, había recobrado el habla.

“Creí que era evidente.”

“Sí, pero no puedes entrar aquí y exigir esto de mí. Especialmente después de lo que me dijiste en el elevador.”

“Sólo quise decir que no deberías hacer esto. No que no lo deseara.” Se inclinó para besarme apasionadamente, probablemente esperando que con eso terminara la conversación. Pero aún estaba confundida. Lo empujé y me enderecé, dándole una mirada que sugería que su respuesta simplemente no era suficiente. “No pude dormir,” continuó después de suspirar. “Pensando en ti. Dejándote de ese modo. Soy un bastardo. Un cretino impulsivo. Pero…creo que me deseas  tanto como yo a ti.”

Si tan sólo supiera cuán exacta era su declaración.

Una última mirada selló el trato. De alguna manera, ya no pude resistirme. Lo tomé por la nuca y estrellé mis labios con los suyos. Esa deliciosa lengua suya salió de su boca, embriagando mis labios en un frenesí. Los bóxers y mi ropa interior fueron sacados de mi cuerpo. Llevé las manos hacia su pantalón, desabotonándolo y deslizando una mano debajo de la tela, aferrando la base de ese perfecto bulto. Se recargó sobre mí, forzando mi cuerpo a recostarse sobre el sofá, antes de posarse sobre mi temblorosa figura. Su boca viajó hacia mi mandíbula, a través de mi cuello y mordisqueando la piel de mi clavícula.

Cerré mis ojos en un intento inútil por aferrarme a la realidad.

¿Estaba pasando realmente esto?
Tal vez me quedé dormida.

Repentinamente, como si me hubiese escuchado, clavó sus dientes en mi pecho, causando que un audible grito saliera de mis labios.

Nop, definitivamente no estaba durmiendo.

Recorrí mis manos por mi enmarañado cabello, luchando por encontrar un pensamiento racional. Dándome cuenta de que ya la razón no tenía nada que ver con lo que ocurría, concluí que esto era meramente instintivo. La razón difícilmente tenía significado cuando tu cuerpo tomaba el control.

De pronto, escuché como mi top era rasgado por la mitad y levanté mi cabeza sorprendida. “Maldición Edward, ¿qué demonios estás haciendo?”

“Bella, ¿quieres que me detenga?” trajo su mano debajo de mi barbilla y me obligó a mirar sus ojos verdes. Se esforzaba tanto en ocultarlo, pero podía notar que estaba nervioso de que le contestara que sí.

Negué rápidamente con la cabeza, mordiéndome el labio inferior con inseguridad. Esto era definitivamente con lo que había estado soñando durante meses, pero ahora que se había convertido en una realidad, ¿estaba segura de que podría llegar hasta el final? Definitivamente, no había nada bueno que pudiera salir de esto…y seguramente él también lo sabía.

Se inclinó y presionó sus labios a mi oído. “Entonces cállate, y déjame terminar lo que vine a hacer aquí.”

Sus dedos recorriendo hacia la parte baja de mi cuerpo y se plantaron en medio de mis piernas una vez más, con sus uñas aruñando gentilmente mi piel. Se deslizaron hasta que finalmente encontraron su destino, circulando perfectamente mi clítoris con su pulgar, mientras metía dos de sus dedos dentro de mí. En un instante habían localizado el lugar que habían descubierto antes, llevándome al éxtasis. Me arqueé hacia él, con sus labios prestándole especial atención a mi cuello mientras mordisqueaba y succionaba dulcemente pequeñas porciones de mi piel. Cada nervio en mi cuerpo se erizó; mis pezones se endurecieron, y todo lo que podía ver era el color bronce de su cabello recorriendo mi cuerpo. Mi corazón se aceleró en mi pecho cuando los temblores continuaron por mi estómago y mis muslos. Tensé mis músculos tratando de ocultarlos, pero él se alejó de mí y me sonrió.

“Estás temblando,” murmuró.

“Tú también,” respondí rápidamente. Sonrió engreídamente y buscó en su bolsillo, sacando un condón y abriendo la envoltura con sus dientes. Desenrollo el látex sobre su polla que estaba entre nosotros y se alineó en mi entrada. Luego, miró hacia arriba y me regaló su hermosa y sexy sonrisa.

Ay Dios mío.

Pude haberme corriendo en ese instante. Mi corazón se acelero en anticipación. A pesar de que sabía cómo me sentiría después, todo en mi cuerpo quería acabar con esto -- quería hacer esto ahora.

Se adentró en mí lentamente, con una mano en mi cadera y la otra sobre el brazo del sofá detrás de mi cabeza. Tan pronto como nuestros cuerpos estuvieron conectados, este ímpetu alucinante se disparó hasta mi alma. Era como si hubiese pasado mi vida entera esperando y construyendo hasta este momento y cada encuentro antes de él había sido solo una práctica. Nosotros tan sólo…encajábamos…dos misteriosas piezas de rompecabezas. Nuestros cuerpos se comunicaban en un lenguaje completamente suyo.

Mi intención era empezar lento, tratando de disfrutar cada instante, pero una vez que lo había engullido, no había manera de frenar la manía entre nosotros. Mis manos parecían estar en todas y en ninguna parte al mismo tiempo. El calor de su cuerpo estremeció las puntas de mis dedos como un corto circuito, pero no podía decir que parte de su cuerpo en realidad estaba tocando. No tenía idea.

Era alucinante cómo alguien que despreciaba, que había llegado a odiar, podía afectarme tanto.  De pronto fingí urgencia, exigiendo un rápido clímax. No podía estar en suspenso por más tiempo. Con cada embestida de sus caderas, yo inclinaba las mías hacia él, forzándolo a ir más profundo y fuerte dentro de mí. Gemí y empuñé mechones de su cabello y estaba segura de que había puesto los ojos en blanco. Pero en este momento, no podía importarme nada.

Estaba en otro lugar, en otro tiempo, donde cosas y sensaciones como estas pasaban todos los días. Nunca antes, en mis más de veinte años de vida, había experimentado NADA como esto -- nada. Pequeños besos recorrieron mi cuello en respuesta a mis gemidos, pero éstos sólo escalaron a incoherentes sonidos emanando desde el fondo de mi garganta.

Mis uñas aruñaron sus omoplatos, provocando que Edward jadeara y cayera encima de mí.

“¿Te gusta rudo, eh?” me provocó, añadiendo una pequeña sonrisa al final de su sentencia.

“Ah, sólo fóllame,” me las arreglé para espetarle en respuesta.

Se rió un poco y luego se inclinó para darme un simple beso en los labios. En el calor del momento, ese pequeño beso pareció más romántico y apasionado que cualquier otro. Estaba eufórica. Mis palpitaciones retumbaban en mis oídos, mis manos temblaron con cada pulso de sangre haciendo eco a través de ellas, y el único pensamiento plagando mi mente era, “¡Demonios, esto es perfecto!”

Perfectamente imperfecto.

Encajábamos -- y no. Nuestros cuerpos parecían conocerse, como si hubiesen estado juntos millones de veces antes, y sin embargo; nuestras profesiones hacían de nosotros una pareja hecha en el infierno.

Al carajo.

Y justo cuando había decidido no pensar en eso, él hizo un pequeño movimiento que puso mis terminaciones nerviosas fuera de control. Los dedos de mis pies se encogieron, mi clítoris palpitaba y cada músculo de mi cuerpo se tensó. Maldije y gemí y grité y, Dios, tan sólo se sentía demasiado bien -- la mejor cosa que había sentido en años. 

“Vente conmigo,” gruñí, forzando mis caderas más fuerte en las suyas. Pero no hubo tiempo. Una ola de puro éxtasis puro recorrió todo mi ser. Cerré mis ojos, mis manos se cerraron en puños y quede boquiabierta. Este orgasmo superaba cada uno de los orgasmos que había tenido en mi vida.

Esbozó esa sonrisa sexy una vez más antes de envolver sus brazos alrededor de mis hombros, anclándose en mi cuerpo para tener más ventaja. Y entonces, todo se detuvo. Nuestros ojos se encontraron formando una conexión que estremeció la tierra, como si adoración pura emanara de cada par. Estaba a punto de decir algo sobre eso, pero su rostro se tensó, se fruncieron sus labios, y supe que también había alcanzado su clímax.

No estaba segura de cómo él se sentía, pero este era, posiblemente, el mejor orgasmo de mi vida. Estaba jadeando, aferrándome a cada cosa alrededor de mí con el fin de recobrar el control de la realidad. Cada terminación nerviosa en mi cuerpo permanecía alerta.

Pasó tiempo, y ninguno de los dos dijo nada. Permanecimos en el sofá, una maraña de extremidades, controlando la serótina y la adrenalina. Eventualmente, levantó su cabeza y me besó, trayendo su mano a mi mejilla para acariciarla cariñosamente con su pulgar. Suaves besos recorrieron mi nariz, ojos y frente. Con una sonrisa retorcida, salió de mí y se empujó hasta el otro extremo del sofá, recargándose y pasando sus manos por su cabello sudado.

“Así que, este es mi apartamento,” finalmente murmuré, en un intento por romper el incómodo silencio. Me erguí, traje mis rodillas hacia mi pecho y envolví mis brazos alrededor de ellas.

“Si me di cuenta,” replicó quedamente. “Bonito lugar.”

Traté de detenerlo, de abstenerme, pero algo dentro de mí obligó a que salieran las palabras de todos modos. “Esto no puedo volver a suceder,” dije rápidamente. Jadeé cuando las palabras se deslizaron de mi boca, inmediatamente meneando la cabeza en decepción. Era como si nuestros cuerpos estuviesen en sintonía, sabiendo ya a dónde dirigirse y qué hacer. El sexo fue alucinante y tan perfecto, pero apenas había conocido a este hombre. Era mi enemigo. Era el malo del cuento, el que estaba tratando de sacarme del negocio. Dios, si Jenks algunas vez se entera de esto, voy a ser despedida antes de siquiera poder explicarme.

Edward pausó, luciendo un tanto sorprendido por lo franca que había sido. “Correcto,” finalmente suspiró, permitiendo que un tono sarcástico rompiera con su voz. “¿Qué hora es?” Miré al codificador de mi TV que proyectaba las seis y cuarto en la oscura sala. Siguió mi mirada. “Será mejor que me marche. Debo de ir al gimnasio antes de que el juego de espías comience.”

“Juego de espías,” susurré, permitiendo que una pequeña risa rompiera a través de mis labios. Estaba pasmada, completamente asombrada de cuán rápido todo había pasado. Él estaba aquí, me había hecho lo que vino a hacer, y ahora se estaba yendo. Alguna parte de mí se sentía usada, pero la parte más sabia recordó que había sido yo quien le había dicho que esto no podía volver a pasar. Fui yo quien lo había echado de mi casa. A lo mejor se habría quedado de haber mantenido cerrada mi boca, aunque no estaba completamente segura que eso era lo que yo quería.

Se puso de pie y se subió el pantalón, lo abrochó y pasó el botón por el ojal. Me miró y me sonrió. En cámara lenta, se inclinó para levantar mi barbilla con su dedos índice.

“Eso fue asombroso, y te veré después.” Llevó sus labios a los míos suavemente, y luego besó mi nariz antes de erguirse y tomar su camisa. Me guiñó el ojo y caminó por la puerta de mi apartamento.

Me dejé caer en el sofá, agarré un puñado de cabello y lo halé frustrada. Tenerlo al otro lado de la calle era bastante difícil, pero después de esta mañana, ¿cómo esperaba lograr hacer algo de trabajo?

Entonces decidí ahí mismo que no podía permitirme actuar diferente. No podía permitirme ser vulnerable otra vez como lo había hecho en el elevador. Realmente había dejado una herida en mí que podía o no estar aún lamiendo, y aunque se había disculpado, no podía olvidar el asombro en sus ojos después de que las luces se encendieron de nuevo. Era como si hubiese perdido el control y se estaba matando por ello.

No podía permitirme ser vulnerable, pero eso no significaba que no podía tener un poco de diversión. Él me había molestado, así que merecía mi revancha. Necesitaba comenzar de inmediato, empezando con una ducha. Si iba a estar jugando al espionaje todo el día,  lo menos que podía hacer era provocarlo un poco más. Mis trajes de negocios eran sexy en aquel sentido  de poderosa Directora Ejecutiva, pero hoy, iba a proyectar otra imagen.

Alice era la mejor asistente que una chica podía tener. Dale una tarjeta de crédito y un armario vacío, y ella lo llenará con telas y zapatos gloriosos. Me las ingenié para escoger un atuendo sin problema, pero cuando llegó la hora de escoger zapatos, me debatía entre dos pares, las botas de cuero negras o los tacones Gucci.

¿Cuáles usar? ¿Cuáles usar?

La voz de Alice resonó en mi cabeza. “Nunca puedes equivocarte con Gucci.” La chica tenía razón.

Me puse los tacones y revisé mi reflejo en el espejo. Mi castaña cabellera colgaba justo debajo de mis hombros, en suaves rizos que resaltaban el escote de mi hermoso vestido blanco. Mi maquillaje era perfecto. Mi atuendo era perfecto. Lucía absolutamente deslumbrante. Me sorprendí de ser capaz de lograr todo esto yo sola.

Me guiñé el ojo y me giré hacia la puerta.

Edward Cullen, prepárate para perder.

Puntal como siempre, llegué a mi oficina a las nueve exactas. Caminé por el pasillo y le guiñé el ojo a Alice cuando pasé por su ventana.  Vi su mandíbula caer mientras brincaba de su escritorio para seguirme.

“¿Qué-Cómo hiciste-Qué estás-Estás sonriendo?” finalmente se las arregló para hablar mientras corría detrás de mí.

“¿Es eso lo que esta extraña tensión en mi rostro es? Creí que estaba perdiendo el control de mi cara,” bromeé mientras abría la puerta de mi oficina y me reía.

“No te había visto lucir así desde que follaste a Caleb Knox en el capo de su Camaro ‘99 en la universidad.”

“¿Fue un ‘99?” pregunté acercándome al escritorio y dejándome caer en la silla detrás de éste. Alice voló hacia el asiento enfrente de mí y posó sus manos encima del escritorio. “Creí que era un ‘97,” murmuré para mí, girando casualmente mi silla para ver si Edward había llegado. Para mi desdicha, aún no estaba en su oficina. Suspiré y me volví hacia Alice.

“No…” jadeó, llevando las manos a su boca. Miré sus ojos y arqueé la ceja, preguntándome si se había dado cuenta. “¿Dime que no lo hiciste?”

“¿Hice…qué?”

“Te follaste a Edward Cullen?” siseó, tan quedo que apenas pude escucharla.

Asentí dos veces, relamiéndome los labios y cruzando las manos en frente de mí.

“¿Y?” gritó.

“Fue fantástico,” me quejé, colapsando encima del escritorio y golpeando mi cabeza con la madera. “Pero luego dije que no podía volverse a repetir y que había sido un error.”

“Bueno, eso fue tonto. Pareciera como si fuera la última cosa que deseas que pase,” replicó Alice con naturalidad.

“¿Estás bromeando? Si Jenks se entera de esto, me despedirá. Sin necesidad de explicación,” me burlé.

“No estoy tan segura de eso. Creo que si le contaras-“

“Alice, en verdad no me interesa hablar sobre eso. Ni siquiera estoy segura aún de cómo me siento,” dije suspirando, esperando que se rindiera y se callara. “¿Podemos seguir adelante?”

“Haz lo que quieras. Tienes citas alineadas durante casi todo el día, luego una reunión a la hora del almuerzo con Robert Smith, el nuevo analista de tecnología de Sprint.” Alice continuó, detallando los eventos exactos de mi jornada. Respiré profundo y asentí con cada nota en la agenda. Cuando terminó, se levantó y salió por la puerta, dejándome sola con mis distracciones. Probablemente se dio cuenta que estaba de un humor extraño, y presionarme para obtener más información hubiese sido la peor cosa que podía hacer.

Pasé mis dedos por mi cabeza y cerré mis ojos, frustrada. ¿Cómo sería capaz de volver a concentrarme? Imágenes del encuentro de anoche plagaban mi mente, y lo repentino de cómo había pasado todo, me dejó rogando por más.

Me puse de pie y caminé hacia el closet, cuidadosamente colgando mi chaqueta adentro. Regresando a mi escritorio, eché un vistazo. Me había dicho que no lo haría, pero la curiosidad me estaba matando. Y allí estaba, de pie frente al ventanal y apoyándose contra la viga, mirando hacia mi oficina. Hoy vistió una camisa verde, el perfecto color que acentuaba sus ojos tentadores. Su cabello era su maraña usual. Si era posible, lucía más guapo que la noche anterior. Me pregunté cuanto tiempo tendría observándome, sonreí y asentí en su dirección.

Me dirigió una sonrisa retorcida y se volvió para sentarse en su escritorio. Sonreí y sentí llegar a mí un ansioso orgullo, porque esa pequeña interacción era su forma de hacerme saber que aún le interesaba. Me tuvo, aún sabiendo que era un error, y sin embargo; todavía estaba intrigado. Sintiéndome un poco presuntuosa, me senté en mi escritorio y comencé a revisar los reportes de ventas.

Fue fiel a mi palabra. No lo miré ni una vez durante todo el día, aunque fue extremadamente difícil resistirme. El hecho de que tenía gente constantemente entrando y saliendo de la oficina era crucial para que mi plan funcionara. Pues no tenía otra opción más que darle la espalda.

Alice entró en un par de ocasiones durante todo el día. Cuando vino a despedirse, mencionó que de hecho él nos estaba observando y lo había estado haciendo cada vez que ella entró. Sentí revolotear las mariposas en mi estómago mientras una ola de emoción se estrelló contra mí. Mi plan malévolo estaba funcionando.

Algunas horas después, estaba de pie inclinada sobre el teclado, escribiendo la última pequeña cantidad de información y alistándome para marcharme. De pronto, el teléfono sonó. Despistadamente lo descolgué y llevé el receptor a mi oído.

“Isabella Swan,” saludé mientras continuaba escribiendo en el teclado.

“Haces que se bastante difícil concentrarse…” la voz al otro lado replicó. Era esa dulce y aterciopelada voz que anhelaba escuchar durante todo el día. “…recargándote sobre tu escritorio de tal manera.”

“Hola de nuevo,” provoqué inocentemente, echando un vistazo sobre el hombro. Estaba de pie en su ventanal, con sus piernas abiertas a la altura de los hombros y sus brazos cruzados al frente. El teléfono estaba metido entre su cabeza y su hombro. “¿Qué puedo hacer por ti hoy?”

“¿Me preguntaba si podías dejar de provocarme? Está comenzando a hacerme sentir un tanto incómodo,” susurró, repitiendo sus palabras de anoche.

“Sr. Cullen, no he derramado nada encima de mí hoy, ni tampoco me he desnudado de ninguna manera. ¿Cómo es posible que lo esté provocando?” repliqué, volviéndome para encararlo y recargándome en el escritorio.

“Ese vestido y esos tacones…esos son tacones ‘follame’, ¿no es así?”

“Sí lo son.”

“¿Todo eso fue para mí?”

“No te hagas ilusiones,” mentí.

“Bueno, luces genial. Gracias por permitirme algunos instantes para disfrutar la vista en todo su esplendor. La parte trasera de tu cabeza, aunque es interesante, es nada comparada con el frente.”

“¿Me has estado espiando todo el día?”

“Por favor Bella. Seguramente, tengo mejores cosas que hacer que estar jugando a los espías con el enemigo,” bromeó sarcásticamente.

“¿Y ahora soy el enemigo?” pregunté juguetonamente.

“¿Acaso no lo fuiste siempre?” respondió, imitando mi tono.

“¿Entonces por qué me llamaste?”

“¿No has escucha el dicho ‘mantén cerca a tus amigos, pero a tus enemigos más cerca aún’?”

“¿Y cuán cerca supones que nosotros debemos de estar?”

Pareció estar sorprendido, inseguro de qué decir a continuación. Con eso colgó el teléfono, tomó su saco del respaldo de su silla y abandonó su oficina. Rápidamente apague el monitor y lo seguí. Corrí por el pasillo y presioné el botón del elevador unas mil veces. No podía llegar lo suficientemente rápido.

Treinta agonizantes segundos después, las puertas se abrieron y me monté, presionando el botón de la planta baja. Me paseé por el elevador, preguntándome si podía llegar a la planta baja antes de que él se marchara. ¿Y si él se había ido? ¿Vendría de nuevo a mí esta noche? Esto era una tortura. Lo odiaba. Odiaba que me hiciera esto. Y al mismo tiempo, amaba todo acerca de la forma en que me sentía justo ahora. Ponía mis nervios de punta, y era la experiencia más emocionante que había tenido.

Cuando las puertas se reabrieron, me despedí de Ollie y me apresuré a salir de la recepción, por la puerta giratoria y hacia la acera. Miré en ambas direcciones y no vi rastro de él, así que corrí al estacionamiento.

Y allí estaba, recargado sobre mi Mercedes negro con una sonrisa retorcida en su rostro. Caminé hacia él y presioné el botón del control remoto para abrir el auto. Aferró su mano en mi nuca y me empujó contra el frío metal. “Supongo que debemos estar lo más cerca posible, durante todo el tiempo que podamos.”

Halé la manija detrás de mí y abrí la puerta trasera. Me senté en el asiento, me recorrí hasta el fondo y tiré de él del frente de su camisa.

“¿Sabes lo que pasará si alguien se entera de esto?” pregunté.


“No diré nada si tu tampoco lo haces.” Entonces sus labios se posaron en los míos una vez más, en un feroz y apasionado abrazo.

Juego de Espías (Spy Games)

Resumen: Poderosa y exitosa, Isabella Swan, tiene el mundo en la palma de su mano. Desafortunadamente para ella, también lo tiene Edward Cullen.

Juego de Espías 

Por

Jenn1987

Declarativa: La historia es propiedad de Jenn1987 y los personajes pertenecen  S. Meyer.


Capítulo 1. "Tras las líneas enemigas"

Eran las dos de la mañana del lunes, y estaba acostada sola en mi cama, frustrada e inquieta. La más reciente edición de la Revista Dinero descansaba sobre la mesita de noche. Tenía casi memorizada la brillante imagen de la portada.

Nuevo Directivo de la Corporación Cullen. ¿Puede llenar los zapatos que dejó su padre?

Debajo de estas palabras estaba la fotografía de Edward Cullen sosteniendo un globo en sus manos. Había llegado a conocerlo como el hermoso rostro del diablo, ya que su mera existencia amenazaba la mía. No sólo era mi más reciente competencia, si no también mañana sería su primer día como Director Ejecutivo. La Corporación Cullen era la única compañía de tecnologías avanzadas en el mundo que predijo superar las ventas de Dyco Tech en diez años, y la suerte quiso que la sede de dicha empresa estuviera justo al cruzar la calle de la mía.

Lo peor no era el hecho de que este hombre estaba destinado a obtener mi trabajo algún día; sino que era, sin lugar a dudas, el hombre más hermoso en el mundo. De hecho, la única razón por la que estaba despierta en este momento, era porque cada vez que trataba dormir, me imaginaba haciéndole cosas terribles, terribles al mencionado diablo – cosas que probablemente eran ilegales en algunos estados.

Lo odiaba – todo acerca de él – tal vez aún más  que a mis fantasías.

La primera vez que lo vi fue hace tres años en la convención de Baltimore. Me estaba observando desde el otro lado del recinto y cuando su brillante mirada verde encontró la mía, simplemente me sonrió y miró hacia otro lado. Eso fue todo. Nunca más lo volví a ver, excepto en la portada de cualquier revista financiera. Siempre fue el hijo de mi incansable enemigo, el heredero del trono de la Dirección Ejecutiva que amenazaba el mío.

Tan hermoso enemigo.

Suspiré por la jornada de trabajo que se avecinaba. ¿Cómo iba lograr terminar de hacer algo cuando dicha distracción iba a estar a menos de cincuenta metros de distancia de mí? Las seis de la mañana llegó demasiado pronto.

Las mañanas de los lunes eran típicamente las más aburridas de la semana. Como si levantarme tan temprano no fuese suficiente, tenía que acudir a insufribles juntas y revisar insoportables informes de ventas. Mis días estaban organizados desde el momento en que llegaba al trabajo hasta que me iba. Fue esta dedicación la que me llevó hasta donde estaba en primer lugar.

Como la primera mujer Directora Ejecutiva de Dyco Tech, tenía grandes zapatos que llenar. Había comenzado aquí hace seis años y trabajé constantemente mi camino hacia la cima desde entonces. Jason Jenks, el anterior Director Ejecutivo y dueño, me escogió por encima de su propio nieto para ocupar su lugar, señalando mi obstinada ética de trabajo y demandante presencia como esenciales para este puesto, especialmente si continuábamos compitiendo con la Corporación Cullen.

En la industria de la tecnología, había solo dos competidores liderando el camino en el desarrollo y fabricación de robótica avanzada: Dyco Tech y Corporación Cullen. Si alguien ha comprado cualquier dispositivo electrónico de cualquier fabricante importante en los últimos seis años, lo más probable era que contenían partes que fueron pensadas, diseñadas y hechas por una o las dos empresas. Hace veinte años, sólo era Dyco Tech. La Corporación Cullen creció rápidamente en la última década, y el patrimonio neto de la empresa se estaba acercando al de Dyco. Iban a ser unos meses difíciles lo que venían, si es que quería mantenerme a la cabeza.

“Buenos días Bella,” Alice, mi leal asistente, me saludó cuando entró por la puerta de la oficina con dos tazas de café. Bailó hasta mi escritorio, dejando allí mi cappuccino y la más reciente edición de la Revista Dinero encima de mi teclado. “¿Ya viste esto?”

“Tristemente, sí. Tenga la suscripción,” dije secamente. Levanté la revista y me recliné en mi silla, cruzando mis tacones sobre el escritorio enfrente de mí. Alice cambió su peso mientras cruzaba sus brazos en señal de frustración.

“¿Por qué no obtuviste la portada en la Revista Dinero, cuando fuiste la primera mujer que logró ser Director Ejectivo de la agencia de tecnología avanzada con mayores ventas en el mundo?” Alice hizo un mohín. “Lo mejor que obtuviste fue la portada de Maxim.”

“Porque mi papi no hace todo por mí,” susurré mordazmente, ojeando las páginas. Fruncí mis labios y negué con la cabeza en disgusto. “Dios, es hermoso,” suspiré aventé la revista en mi escritorio. Rodé mis ojos y tomé los binoculares del primer cajón, girando ligeramente mi silla hacia el ventanal detrás de mí y enfocando mi atención hacia la oficina localizada directamente al otro lado de la calle. Parecía que el nuevo líder del mundo, por así decirlo, iba a llegar tarde a trabajar.

Vaya líder.

Carlisle llegaba al trabajo todos los días a las siete en punto. Intenté ganarle unas cuantas veces cuando tomé el mando de la empresa, sólo para darme cuenta de que su residencia en la ciudad estaba a dos cuadras de su oficina. Carlisle comía, dormía y respiraba Corporación Cullen. ¿Sería igual Edward? Parecía que no.

Apenas comenzaba a sentirme presuntuosa por mi puntualidad, cuando el bastardo entró por la puerta de su oficina. Estaba vestido en un traje gris, el cual estaba elegantemente hecho a la medida. Mi estómago se revolvió y quedé boquiabierta. “¡Alice! ¡Ven aquí!” le hice un ademán para que se acercara, reusándome a apartar la mirada de aquella visión. Alice prácticamente corrió hacia el ventanal y me arrebató los binoculares.

“Ehh…luce bien, supongo. Definitivamente apuesto. Puedo ver el encanto. Pero ¿impresionante? Yo no iría tan lejos.”

“¿Quién dijo que era impresionante?” pregunté, bajando las piernas de mi escritorio y girándome para encararla.

“Tú, la semana pasada,” me entregó los binoculares y se dio la vuelta para marcharse de mi oficina.

“Lo odio,” gruñí.

“¡Diviértete Harriet!” me dijo antes de cerrar la puerta tras ella. Manteniendo los ojos fijos en Edward, le enseñe el dedo de en medio.

Harriet la Espía se había convertido en mi apodo desde que Carlisle cambió su oficina desde el otro lado del edificio hasta quedar enfrente de la mía. No es que fuese particularmente interesante observar a Carlisle; tan sólo sentía que estaba observando el territorio enemigo. Nunca me entrometí en su privacidad ni lo observaba cuando era inapropiado, pero ver en que andaba metido era de algún modo fortalecedor. Ahora, según parece, iba a tener el lujo de espiar a su hermoso hijo cada día por el resto de mi empleo.

Edward camino hacia su escritorio, colgó su saco y comenzó a trabajar en su computadora. Una despampanante joven rubia entró unos minutos después con su café y un paquete de documentos para que él los revisara. Tomó el bonche y la despachó, casi sin darle un segundo vistazo. Ella era hermosa, con brillante cabellera y bonitas y largas piernas. Apenas si la miró. Me giré hacia el teléfono y marqué la extensión de Alice.

“¿Diga amor?” contestó.

“Creo que es gay,” dije en el altavoz.

“¿Por qué?”

“Porque ahuyentó a la rubia.”

“¿La que tiene un frondoso escote?”

“Esa misma.”

“Ah…es explica mucho,” dijo Alice con una risilla. “Tal vez no es un caballero,” sugirió, refiriéndose a mi película favorita de Marilyn Monroe.

“¿A qué hora es mi primera junta?” interrumpí, inmediatamente cambiando el tema. Desde luego, no deseaba empezar a pensar qué tipo de mujeres él pueda o no preferir. Aún si prefiere a las castañas, estaba mal, muy, muy mal dormir con la competencia. Sin importar cuán deliciosamente tentador pueda llegar a ser que me empine sobre ese enorme escritorio y me --

Es el enemigo, Bella. Está fuera de tu alcance -- completamente. Se supone que debes odiarlo, lo odias -- todo acerca de él.

“Dentro de cinco minutos,” respondió Alice, sacándome de mis ensoñaciones.

“Ya voy.” Presioné el botón para terminar la llamada y me giré hacia el ventanal con los binoculares una vez más. Ahora él estaba de pie, con su propio dispositivo de espionaje; un largo telescopio, dirigido directamente a mi oficina. Tan pronto me di cuenta de que él me estaba regresando el favor, brinqué sorprendida y rápidamente me giré hacia el escritorio. Removí algunos documentos, fingiendo estar ocupada para ocultar mi vergüenza. Era tiempo de irme.

Tomé lo que necesitaba para la reunión y me puse de pie. Ajusté mi vestido, y eché un vistazo atrás para comprobar si aún me estaba mirando. Por supuesto que lo hacía, sólo que había comenzado a burlarse de mi frustración. Mis ojos se abrieron desmesuradamente mientras salía a prisa de la oficina, azotando la puerta detrás de mí.

Como decía, lo odiaba.

No pude concentrarme en la reunión. Escuché algo acerca de  las cifras de ventas y de ajustar nuestro flujo de trabajo para coincidiera con la demanda, pero eso era todo lo que recordaba. Puede que mi cuerpo estuviera en la sala de conferencias con mis subordinados, pero mi mente se había quedado con el diablo en aquella oficina. No podía dejar de pensar en cómo la tela de su costoso traje de diseñador caía sobre sus hombros y brazos, la forma en que portaba ese look de ‘justo acabo de levantarme de la cama’ encima de su cabeza, o la forma en que pretendía no importarle nada de eso, como si accidentalmente se hubiese metido en esa ropa y se despertó luciendo así de bien esta mañana. Sus verdes ojos mirándome directamente desde esa condenada revista, estaban grabados en mi cerebro como un mal accidente: algo que no deseabas ver, pero, por alguna razón, no podías dejar de verlo. Y luego esa sonrisa, cuando se rió. Me perseguía -- malditamente a nada de enfriarme hasta los huesos.

Me las arreglé para terminar la presentación efectivamente, y cuando anuncié el final de los objetivos cubiertos, no pude salir más rápido de la sala. Alice me escoltó de regreso a mi oficina mientras hablaba sin parar de lo que ella y su prometido Jasper,  habían hecho el fin de semana. Algo sobre acampar y nadar sobre llantas en un lago. Me desconecté la mayor parte de la conversación. Una vez más, mis pensamientos regresaron a la vergüenza de ser descubierta espiando al Sr. Cullen. Ya en mi oficina, caminé y tomé mi lugar en detrás del escritorio. Resistí la urgencia de agarrar los binoculares y opté mejor por pretender trabajar en mi computadora, en caso de que él me estuviese observando.

“¿Qué estás haciendo?” Sonrió Alice, tomando asiento enfrente de mí.

“Fingiendo trabajar,” expliqué. “¿Por qué? ¿Me está observando?”

Miró detrás de mí y negó con la cabeza. “No, está escribiendo en su teclado,” susurró. Giré mi silla y agarré la herramienta de espionaje del escritorio. “¿Te estaba mirando antes?” Alice bromeó con una ligero tono de insinuación en su voz, mientras se ponía de pie y se plantaba de frente al ventanal.

“Tiene un telescopio,” respondí, sin siquiera molestarme en hacerle caso a su insinuación. “Y sí, antes de que siquiera vayas allí, es un telescopio enorme.”

Comenzó a reírse como si le hubiese quitado las palabras de la boca. “Me conoces demasiado bien.”

“Bueno, eres una dulzura, pero también una pervertida.”

Me dio un codazo juguetón en el hombro y nuevamente me arrebató los binoculares de la mano. “No permitas que esto se convierta en todo tu día Bella. Tienes presentaciones que escribir,” Alice me recordó, antes de dejar los binoculares sobre el escritorio y dirigirse hacia la puerta. “Además, él sólo es un sueño Bella. Cualquier cosa que ambos puedan llegar a tener, inevitablemente terminará en una decepción.”

Le saqué la lengua y ella me guiñó antes de salir de mi oficina. Infantil, lo sé. Tomé mi dispositivo para espiar y regresé mi atención a la sede de Corporación Cullen. El por qué decidieron comprar la torre justo enfrente de la mía, estaba más allá de mi comprensión, pero lo habían hecho de todos modos, y ya había pasado más de una década.

Edward estaba inclinado sobre su teclado, escribiendo rápidamente, como si apenas tuviera escasos minutos para terminar algo. La rubia entró de nuevo, y él apenas si se movió. Dio dos pasos en la oficina antes de que él le dijera algo, ella se giró sobre sus talones, retirándose tan pronto como había llegado. Parecía extremadamente dedicado a lo que fuera que estaba haciendo, y aquello era absolutamente aburrido de ver para cualquier espectador.

Alice tenía razón. No podía sentarme aquí todo el día y mirar a este extraño. Si me atrapaban, estaría metida en serios problemas. Él era el enemigo, la competencia, la única compañía en el mundo que amenazaba con quitarme el trabajo. No había manera de que dejara a un engreído bastardo como Edward Cullen, sentarse en mi lugar algún día, que le ordenara a mi asistente que hacer y bebiera mi cappuccino late de vainilla cada mañana. Si no me ponía a trabajar, eso es justo lo que iba a pasar.

El día me abrumó. Reunión tras reunión, tras reunión. Finalmente, llegó la hora de mi almuerzo de negocios con el Sr. Vanderhausen, un potencial comprador. Él había estado esperando nada más que una cara bonita, pero cuando abrí la boca y comencé a hablar sobre cifras de ventas y resultados mensuales proyectados, quedó completamente deslumbrado. Acordó la compra de diez mil unidades incluso antes de que yo mencionara el costo. Una parte de mi quería creer que su confianza en la calidad de mi producto se debía a la calidad que Jenks había demandado, pero sabía que en realidad era la mejor mujer para el trabajo, y tenía inteligencia para demostrarlo.

La emoción de conseguir un acuerdo multimillonario recorría mi cuerpo, y decidí regresar a mi oficina para celebrarlo con Alice. Abrió el champagne mientras sostenía mi copa para brindar. Chasqueó sus dedos como si se hubiese olvidado de algo. “Servilletas,” siseó y salió a prisa de la oficina, cerrando la puerta detrás de ella.

Acerqué la copa a mis labios y despistadamente derramé el champagne encima de mi blusa blanca.

¡TORPE!

“¡Maldita sea!” grité, poniendo la copa sobre el escritorio y comenzando a desabotonar mi blusa. Me la quité y me dirigí hacia uno de mis archiveros, dejando la blusa encima para que se secara. De pronto, sentí una mirada sobre mí.

Lentamente giré mi cabeza y miré por encima del hombro, captando la imagen de Edward Cullen de pie frente a su ventana, mirando en mi dirección.

Me paralicé.

Oh, gracias Dios que hoy usé mi sexy sostén de encaje. Si él iba a verme semidesnuda, estaba agradecida que lucía bien.

Permanecimos lo que pereció ser una eternidad sin hacer nada. Había esta conexión entre los dos -- en este corto momento juntos. Sentí un ímpetu recorrer a través de mí, mi pulso se aceleró y mi respiración se volvió errática; estaba descontrolada. Algo en sus ojos era reconfortante, adorable. Parecía que aquello me atraía.

No actuó desesperado ni pareció molestarle el hecho de ser descubierto. Simplemente me sonrió dulcemente. Le regresé el gesto y, por alguna razón, no sentí ni una pizca de vergüenza. De hecho, casi estaba excitada. Inclinó su cabeza hacía mí, como si se estuviese despidiendo, y luego se tiró el saco sobre el hombro, retirándose por completo de su oficina.

“¿Qué hay con este tipo?” murmuré incrédula, poniéndome de nuevo la blusa y dejándome caer sobre la silla, justo cuando Alice reapareció en la oficina.

“¿Por qué? ¿Qué paso?” inquirió mientras se apresuraba hacia mi escritorio. “¡Ugh! Te manchaste la blusa, ¿no es así? ¡Lo sabía! Toma,” me entregó una servilleta y se sirvió una copa. “Entonces, ¿qué fue lo que hizo?”

“Me vio medio desnuda, cuando trataba de limpiar el champagne de mi blusa,” respondí, obviamente nerviosa.

Alice comenzó a reírse. “¿Por lo menos hoy usaste un sostén?” le dediqué una mirada molesta mientras ella continuaba. “¿Por qué no le llamaste y le preguntaste si es correcto admirar a la competencia durante las horas de trabajo?”

“Sí, y luego él nos va a preguntar si es correcto beber durante las horas de trabajo. De todos modos, creí que estos ventanales estaban entintados.”

“Si lo están, pero funciona en los días soleados. Bienvenida a Nueva York, donde llueve trescientos días al año.” Se detuvo para terminar su copa y la posó delicadamente sobre el escritorio. “Si no vas hacer nada al respecto, entonces déjalo en paz. Así que ustedes se espían el uno al otro, ¿y qué? No hay nada de malo con los juegos de espías de vez en cuando.” Con eso, me guiñó el ojo y salió de mi oficina, decidiendo aparentemente que en realidad tenía trabajo que hacer.

Me quedé sola con la blusa manchada y mis pensamientos tortuosos. Me recargué en mi asiento y me mecí hacia delante y atrás, tratando de obligarme a trabajar. Fue infructuoso. Todo lo que deseaba hacer era mirarlo y sentir sus ojos sobre mí, como lo habían estado hace un momento. Era un ímpetu desquiciante, como una droga.

Es el enemigo, Bella.

Pasé el resto del día tratando de resistir la urgencia de girar mi silla y ver lo que estaba haciendo. ¿Por qué permitía que él me afectara de esta forma? Tan sólo se trataba de un estúpido hombre por el que tendría que pasar encima con el fin de tener éxito. Ya había pasado por encima de cientos, y esta hermosa creatura no sería la excepción. Me prometí que esta obsesión tenía que acabar hoy mismo. Mañana, cuando llegara, no habría más binoculares y ciertamente, no más juegos de espías.

Alice había venido hace unas horas para avisarme que se marchaba, así que supe que se estaba haciendo demasiado tarde. Probablemente eran cerca de las nueve o diez de la noche. Y tenía la certeza de que yo era la única persona que estaba en el edificio, a excepción del vigilante de seguridad que se localizaba en la planta baja. Me quité las horquillas de mi cabello y recorrí mis dedos por éste, sobando las áreas donde más tensión se había acumulado durante el día. Me recliné en mi silla y me mecí en ella. Cerré mis ojos y presioné mis nudillos sobre ellos, tratando de aliviar la tensión. Cuando nuevamente los abrí, noté que la luz de Edward aún estaba encendida.

Entonces, se suponía que el juego de espías terminaba mañana, ¿no es así? No había razón por la cual no pudiera echar un último vistazo. Tomé los binoculares y me giré sobre la silla. No estaba allí. Debió irse y dejó accidentalmente la luz encendida. ¡Maldición!

Justo cuando estaba a punto de tirar mi equipo de espionaje en señal de frustración, entró a su oficina con un documento en mano.

“¡Sí! Sabía que aún estabas aquí,” murmuré para mí. “Un adicto al trabajo, ¿eh? Puedo identificarme con eso.” Caminó hacia su escritorio y se sentó, tomando el teléfono y marcando. “¿Ordenando comida? Me pregunto que come a las nueve en punto de la noche, el próximo líder del mundo.”

Repentinamente, el teléfono de mi escritorio sonó. Casi brinco del susto. “¡Maldición Alice! Te di la maldita llave por una razón,” murmuré antes de levantar la bocina molesta. “¿Estás abajo?” le grité forzadamente, asumiendo conocer la identidad de la persona que llamaba, sin molestarme en comprobar el verificador de llamadas.

“Ummm…No, pero podría estarlo,” la seductora voz al otro lado de la bocina contestó. Me di la vuelta en mi silla hacia mi escritorio y posé mi cabeza sobre mi mano.

Genial Bella. Ahuyentando a un cliente. Probablemente están llamando de Guam para quejarse de que esto y  lo otro no funciona. Definitivamente éste no era Alice.

“Oh, lo siento mucho señor. Asumí que se trataba de alguien más. Esta es Isabella Swan, ¿en qué puedo ayudarlo?” me disculpé profusamente, esperando que el cliente no siguiera adelante y regresaran su pedimento, todo porque me había comportado groseramente.

“Me preguntaba si puedes dejar de espiarme. Está comenzando a hacer que me siente un tanto incómodo,” la suave voz respondió. Me levanté y me giré tan rápido que pude haberme lastimado seriamente en cualquier otra ocasión.

“¿Señor Cullen?” tartamudeé, retomando los binoculares y mirando hacia su oficina. Se relajó en su silla y poso sus pies encima de su escritorio, como si no estuviese observando a la persona con la que estaba hablando.

“¿Así que me has estado espiando?” su voz derramaba la más extraña mezcla de adulación y arrogancia al pronunciar la siguiente sentencia.

“¿Y supongo que tú solo estabas disfrutando de la vista panorámica?” espeté ácidamente.

 “Ni te imaginas lo bien que luce desde este lado de la calle.”

“¿Hay algo que necesites?”

“Quiero que dejes de espiarme.”

Antes de poder pensar en una respuesta apropiada, la pregunta, “¿Por qué?” salió de mi boca.

Qué pregunta tan estúpida. ¿Por qué? ¡Porque es horripilante y va en contra de la ley, tonta! Seguramente Edward le hablará a Jenks por la mañana. Todo por lo que he trabajado se derrumbaría porque no podía dejar de ser entrometida.

“Bueno…” pareció sorprendido por mi respuesta e inseguro de qué decir a continuación. “¿Por qué no?”

“¿Cómo obtuviste mi número? Es privado,” espeté.

“Conozco a un tipo que conoce a un tipo.” Se detuvo para reírse. Suspiré frustrada mientras continuaba. “Pero no contestaste mi pregunta. ¿Por qué me observas, Isabella Swan? ¿Tienes algún interés particular en mí?”

Un interés anormal sería más apropiado. “Yo diría que no. ¿Tienes tú algún interés particular en mí?”

Con eso, se levantó y se giró, reclinándose sobre el marco del ventanal. “¿Qué harías si te dijera que si?”

Jaque mate, Cullen.

Sentí la sangre recorrer hasta mis mejillas y el movimiento de mi boca se detuvo. Traté de formas sentencias, sólo para darme cuenta de que no había nada apropiado que decir. Él me tenía en sus manos. Podía decirle que pensaba que era hermoso y que le encontraba extrañamente fascinante. O podía colgar la bocina e irme. De cualquier forma, no podía mentirle, porque él ya sabía la verdad. ¿Por qué otra cosa querría yo espiarlo, si no era por esas razones?

“¿Hola? ¿Sigues ahí?” la dulce voz sonó de nuevo.

Colgué el teléfono y me recargué sobre el escritorio. Jadeé y miré sobre mi hombro hacia el villano que me robó el habla.

De repente, el teléfono timbró otra vez. Levante la bocina sin pensarlo dos veces. “¿Qué quieres?” inquirí molesta.

“Contesta mi pregunta.”

“Tú me estabas espiando cuando estaba medio desnuda, ¿y ahora me estás exigiendo respuestas? Ten algo de decencia, Cullen.”

“¿Decencia? Tal vez deberías recordar eso la próxima vez que te pasees por tu oficina en ropa interior,” se burló, tratando de ver exactamente cuán molestaba estaba.

“¿Hay alguna razón de esta conversación?” gruñí cansada de sus juegos. Froté con la mano mi frente, exasperada.

“Te llamé de nuevo para disculparme.”

“¿Disculparte por qué?” siseé.

“Por espiarte…y por ser tan exigente.”

“¿Y supongo que quieres que yo haga lo mismo?”

“Sólo si así lo deseas.” Podía notar un atisbo de picardía en su voz.

“Supongamos que no,” contesté inmediatamente, deteniéndome para recuperar el aliento. “Que no quiero hacerlo, digo.”

“Bueno --“

“Me estuviste observando toda la tarde,” interrumpí. “¿No es así?”

Hizo una pausa y después contestó, “Se podría decir que sí,” con franqueza.

“¿Te gustó lo que viste?” lo provoqué. Debí haber colgado ya. Sabía que estaba mal, pero era tan, pero tan divertido. Nunca llegaría a nada por supuesto, sólo estaba jugando un poco con él.

“En su mayor parte.”

“Es bueno saberlo. ¿Hay algo más que discutir?” sonreí engreídamente, negándome a voltear para comprobar si él me estaba mirando.

“Permíteme enmendar mi falta.”

¡JA!

“¿Y cómo harías eso?” bromeé, girando sobre mis piernas y mirándolo en su oficina. Estaba de pie frente al ventanal, recargándose sobre este con su brazo derecho y con sus piernas cruzadas casualmente. Su corbata estaba suelta y su camisa gris de botones, arremangada hasta sus codos. Mi corazón se sobresaltó ante la mera visión de él. “¿Vas a llevarme a cenar? ¿A emborracharme y cenarme? ¿Añadirme a la lista de tu libro negro?”

“Si eso es lo que quieres,” respondió delicadamente. “¿Qué es lo que quieres, Srta. Swan?”

Suspiré. Todo de ti, la perversa Bella pensó. “Desnúdate,” exigí. Nuevamente, demasiada diversión.

“¿Disculpa?” asombro cruzó por su rostro.

“Sip. Me las debes, amigo. Viste mis atributos, ahora déjame ver los tuyos,” repliqué. No había manera que se escapara de esta.

Una tímida sonrisa se posó en su rostro cuando dejó la bocina en su escritorio y lentamente desabotonó su camisa. Mis ojos se enfocaron en el movimiento de sus dedos mientras pasaba cada botón por el ojal.

Uno por uno, lo hizo lentamente, provocándome con su tardanza. Sacó la camisa de su pantalón y la deslizó por sus brazos, revelando la camiseta blanca interior que tenía debajo. Tiró de ella por encima de su cabeza y permaneció allí como un ángel caído del cielo.

¡Qué visión!

Buscando a tientas, trajo el teléfono de vuelta a su oído. “¿Estoy perdonado?”

De verdad no pude resistirme. “Quítate todo, rufián.”

“Eso es más de lo que yo vi de ti,” razonó.

“Considéralo como si fuesen intereses.”

“Tú primero.”

Quedé boquiabierta. No había palabras. Me había acorralado otra vez. Por segunda ocasión en esta noche, este hombre me había robado el habla. ¿Dónde había quedado aquella Bella contestona? ¿Dónde? Normalmente, podía pasar por encima de todos los hombres como él, venciéndolos con mi pronto ingenio y mi obstinada actitud. Con él, sentía que ni me podía mover.

Me volví hacia el escritorio y consideré su oferta. ¿Sería capaz de hacer esto? Él me lo estaba pidiendo, así que no tenía que preocuparme porque fuera a llamar a Jenks. No había cámaras aquí, prácticamente todos habían abandonado el edificio, y nadie lo sabría. Esto había comenzado como una broma y ahora me había salido el tiro por la culata. Colgué el teléfono y me giré para mirarlo. Pareció estar confundido al principio, pero rápidamente comprendió cuando comencé a desabotonar mi blusa y desabrochar el zipper de mi falda.

Me levanté y permití que la falda cayera alrededor de mis tobillos y que la blusa se deslizase de mis hombros. Poniéndome detrás de la silla, caminé hacia el ventanal y posé mis brazos contra los marcos, abriendo mis piernas a la misma altura que mis hombros. Le sonreí y observé mientras desabrochaba su cinturón y lo lanzaba detrás de él. Abrió su pantalón y lo deslizó hasta sus tobillos, quitándoselo y acercándose más hacia la ventana. Copió mi postura y me sonrió.

Provocándolo, le di la espalda y camine algunos pasos hacia delante, buscando detrás de mí y amenazando con desabrochar mi sostén. Miré por encima del hombro para comprobar si estaba al pendiente de mí, y lo estaba haciendo, asintiendo y deslizando sus pulgares en la pretina de sus bóxers.

Esto era intenso y el peso de la situación amenazó con acabar con mi confianza. Sus ojos asaltaron mi cuerpo de una manera fascinante. Estos parecieron encender algo dentro de mí, una bestia salvaje que había estado congelada por muchísimo tiempo.

Un fuerte sonido vibrante repentinamente salió de mi bolso, causando que brincara y me volviera hacia el escritorio. Para cuando volteé de nuevo a su oficina, Edward se estaba vistiendo y alistándose para irse.

¿Por qué sigue haciéndome esto?

El sonido vibrante se escuchó de nuevo, así que me apresuré a tomar mi bolso y pesqué mi Blackberry, poniéndomelo al oído consternada.

“Maldición Alice. ¿Qué?” grité, poniéndome la falda.

“¿Qué estás haciendo?” me preguntó mientras masticaba una fritura.

“¿Qué crees que estoy haciendo?” contesté cuando tomé mi blusa y me la ponía.

“¿Aún estás en el trabajo?”

“Sí, apenas estoy terminando…umm…” miré el escritorio buscando una buena respuesta. “…el contrato de…Vanderhausen…” añadí.

“¿Y qué está haciendo el Señor Sexy pervertido?”

“¡No lo sé Alice!” suspiré.

“¿Aún está trabajando?”

“¿Tal vez?”

“¿Lo estás espiando de nuevo?”

“Se podría decir que sí,” admití a regañadientes. Ella jadeó, pero continué antes de que ella lo hiciera. “¿Necesitas algo?”

“No, sólo quería decirte que te estás perdiendo un gran episodio de Lost, ¿y adivina qué? Sawyer y Juliet están follando. Es decir, ¡WOW! Ya lo esperaba, pero aún así, ¡WOW!”

“¿Qué?” estaba confundida al principio, pero inmediatamente fui traída de vuelta a la realidad con el nombre de Sawyer. Bueno, no podía culpar a la chica por interrumpir. Estoy segura que estaba sentada en su sofá con Jasper, esperando mi llamada. Una vez que el programa terminó y yo aún no la había contactado, ella decidió hacerlo. En cualquier otro lunes por la noche, cuando no estuviese desvistiéndome para mi competencia, estaría sentada en mi sofá gigante con un tazón de palomitas y mi Blackberry pegada al oído. Alice y yo disfrutamos discutir el más reciente drama de la misteriosa isla inmediatamente después de terminar cada episodio. “Oh, lo siento Alice. Por supuesto, yo um…aún no he visto el episodio. Así que no me lo cuentes,” expliqué al mismo tiempo que me ponía la blusa sobre mis hombros y la abotonaba, luego tomé mi saco.

“¿Por qué creías que te llamaba?”

“Yo…um…algo realmente extraño me acaba de pasar.”

“¿Te encuentras bien? Suenas muy alterada.”

“Vete a dormir Alice. Hablaré contigo por la mañana.”

“¿Estás segura?”

“Sí. Buenas noches.”

“Bells, no creo --“

Presioné el botón para terminar la llamada y apagué las luces, inmediatamente corriendo hacia el elevador. Toqué el botón para bajar unas mil veces, y finalmente las puertas se abrieron, permitiéndome escapar. En el viaje de noventa segundos abajo, mi mente repasó lo que acababa de ocurrir. Me desnudé para mi competencia, y él se desnudó para mí. Después, cuando estaba a punto de dar un paso más hacia delante, él huyó. Acababa de enseñarle mi ropa interior a Edward Cullen, y él salió corriendo como alma que lleva el diablo. ¿A quién estaba engañando, tratando de aparentar ser sexy? Era tan sexy como un camión. ¿Por qué hice eso? Me golpeé la frente con la palma de mi mano  en señal de disgusto. ¡Estúpida, estúpida, estúpida!

Cuando las puertas se abrieron en la planta baja, caminé hacía la recepción y me despedí de Ollie, el guardia de seguridad de la noche. Una vez que salí por las puertas de cristal, busqué mis llaves en mi bolso y comencé a caminar hacía el estacionamiento. Estaba lloviendo fuertemente. No lo había notado cuando estaba arriba, así que tal vez la tormenta apenas comenzaba. Por supuesto, no estaba prestando mucha atención a nada excepto a mi sexy competencia, así que es posible que simplemente no me percaté de que llovía.

Encendí el radio y subí al máximo el volumen con la esperanza de ahogar todos los pensamientos sobre Edward Cullen, pero el esfuerzo fue en vano. Mientras más trababa de no pensar en sus ojos devorando mi cuerpo, más deseaba que aún lo estuvieran haciendo. Me sentí objetivada y, por alguna razón, me encantó. Era la primera vez en mi vida que me sentía deseada, y había pasado un largo tiempo desde que sentí algo así de intenso.

Él deseó que me desnudara, como si el vistazo de antes no le hubiese bastado.

¿Qué tal si me deseaba tanto como yo a él?

Tan pronto como ese pensamiento cruzó mi mente, lo descarté. Era una tontería. Un hombre como ese podía tener a cualquier mujer que quisiera. Estoy segura que prefiere el tipo de modelos estúpidas por encima de…bueno…de alguien como yo. Una mujer profesional, dedicada…inteligente.

Una vez en mi edificio, estacioné el auto en mi lugar usual y me apresuré a entrar, ya que no quería mojarme. Caminé hacia el elevador y presioné el botón, esperando pacientemente a que las puertas se abrieran. Cuando éstas finalmente lo hicieron, entré y presioné el botón de mi piso.

“¡Detenga el elevador!” una voz gritó desde la recepción. Inmediatamente presioné el botón para mantener abiertas las puertas hasta que la persona entrara. Sorprendida, me di cuenta de que estaba mirando al mismísimo bulto de más de un metro ochenta de pura tentación. La misma mirada de sorpresa cruzó por su rostro antes de que rápidamente recobrara la compostura, dándome una simple sonrisa mientras entraba.

“Srta. Swan.” Su voz denotaba suavidad.

“Sr. Cullen.” Fruncí los labios y enfoqué mi mirada en el suelo. No pude evitar mirar arriba cuando su mano alcanzó el tablero para presionar el botón de su piso…el cual se localizaba dos pisos arriba del mío. Asombrada, me volví para encontrar su mirada. “¿Cuándo te mudaste aquí?”

“Bueno, renté el lugar hace un mes, antes de mi ascenso. Pero lo he estado renovando. Apenas me cambié aquí hace dos semanas.”

“Que curioso, no te había visto.”

“A lo mejor porque trabajamos horarios opuestos,” sugirió, cruzando sus brazos en su espalda. Su alborotado cabello color bronce lucía aún más tentador en persona, y la forma en que su pantalón colgaba de su cintura, me hizo desear que se hubiera bajado los bóxers unos cuantos de minutos antes.

¡Maldita Alice!

Repentinamente, se escuchó un fuerte chasquido. El elevador se detuvo, y todo se oscureció momentáneamente antes de que las luces de emergencia se encendieran, bañándonos en tonos carmesí.

“¡Oh no! Creo que se fue la luz,” caminé, tratando de presionar el botón de emergencia en el tablero. Él tomó el teléfono de emergencia para pedir ayuda, pero aparentemente no tenía línea porque lo volvió a colocar en su lugar frunciendo el ceño.

“Bueno, supongo que estamos atrapados por el momento,” murmuró, dando un paso en mi dirección.

Le respondí, dando un paso hacia atrás. “Supongo que lo estamos.”

“Sabes, no es agradable provocar a las personas de esta manera.” Edward inclinó su cabeza y me miró, dando aún un paso más hacia delante. La mirada que había visto esta tarde en sus ojos, había regresado. Esos orbes me estaban devorando de nuevo.

De pronto me encontré presionada contra la pared del elevador. “¿Quién dijo que el juego de espías se suponía sería agradable?” Gemí, su hermoso rostro ahora a centímetros del mío.

“¿Quién dijo que estábamos jugando?” Con eso, me tomó por la nuca y llevó sus labios a los míos.

Me tomó por sorpresa, y no sabía qué hacer. ¿Debería detenerlo? No, ciertamente no puedo hacer eso. Sabía tan jodidamente bien, a menta y puro hombre. Pero era mi enemigo, debía detener esto, necesitaba detenerlo. Pero, por alguna razón, mis manos no resistieron la urgencia de deslizarse por sus costados y enredarse en su hermoso cabello. Tan suave, tan espeso.

Su lengua atormentó mis labios, mientras sus manos tenían la misma idea que las mías. Presionó su cabeza con la mía con cierta urgencia, una necesidad radiante. Nuestros cuerpos se frotaban entre sí, creando un pulso eléctrico que me estremeció hasta la médula. Nunca antes, en todos mis veintiocho años de existencia, había sentido algo como esto. Era extraordinario.

Pero necesitaba pensar.

Alejé su rostro del mío y miré sus ojos color esmeralda. Di un profundo respiro y reconsideré realmente qué putas estaba pasando. ¿De verdad estaba en un elevador…besándome con Edward Cullen?

Se supone que debo odiarlo, ¿lo recuerdas?

Entonces, ¿por qué cada hueso de mi cuerpo está pidiendo a gritos esto?

“¿Está todo bien?” susurró.

Cuando no respondí, presionó aún más fuerte su cuerpo contra el mío y rozó sus dedos sobre mis caderas y detrás de mis piernas. Haló de mí y me levantó, permitiéndome envolver mis piernas alrededor de su cintura. Sentí su polla estremecerse contra mí, rogando por ser liberada de los confines de su pantalón de vestir.

“Podemos ser despedidos por esto,” gemí. “Está mal de cualquier forma que lo veas.”

Su pelvis se frotó con más fuerza en la mía, rozando mi clítoris. Apreté mi agarre en su cabello por un instante, antes de que levantara la cabeza y trajera esos labios de terciopelo junto a mi oído. “Dime que no estuviste espiándome todo el día porque me deseabas. Dime que no te gustó como te sentiste cuando te desnudaste para mí. Dime eso, y todo termina aquí.”

Edward se irguió para ver la expresión en mi rostro cuando le respondiera. Traté lo mejor que pude para mantener la compostura, considerando que estaba más que excitada en este momento. ¿Cómo podía resistirme a él? Después de lo que esos labios podían hacerle a los míos, ¿cómo no podía sentir curiosidad de cómo se sentirían sobre el resto de mi cuerpo? Una parte de mí sabía que esto era un error y otra parte de mí se preguntaba si se trababa de una trampa, pero la parte más grande de mí gritaba por sentir una vez más esos labios sobre mi carne.

Que me despidan. Valía la pena.

Sus dedos buscaron debajo de mi falda y se enredaron en el encaje de mi ropa interior. Lentamente deslizó mi panti por mis piernas, sobre mis tobillos y los sacó completamente de mi cuerpo.

Podía sentir  su erección estremecerse entre los dos, endureciéndose más con cada segundo que pasaba, exigiendo atención. Me escabullí del barandal y me puse de pie, para luego arrodillarme. Miré hacia arriba y le sonreí mientras abría su pantalón y liberaba la tensión que estaba creciendo allí. Lo provoqué lamiendo el glande, lentamente metiéndolo en mi boca. Succioné y relajé mi garganta, permitiendo que su totalidad fuera engullida por mí.

Murmuró algo que sonó como, “No es justo, joder,” y golpeó su puño contra la pared, seguido por su cabeza. Me miró, con esos ojos llenos de anhelo y deseo ferviente, y supe entonces que esto no era una trampa. Estaba interesado en mí -- y sabía que esto era un error. Estábamos completamente en la misma página. Tal vez también una parte de él me odiaba -- era natural. El hecho de que no debía haber nunca -- ni habrá nunca -- una relación entre nosotros era absolutamente y jodidamente injusto, especialmente porque parecía que teníamos una química increíble.

Me levanté, y cuando recobré el balance, me empujó contra la pared una vez más, arrodillándose y trayendo mi pierna sobre su hombro. Se lanzó con tanta pasión, determinado a superarme y aún decidido a regresarme el favor. Su lengua trazó círculos alrededor de mi clítoris mientras sus dedos encontraban su camino dentro de mí, localizando mi punto G con precisión milimétrica. Era como si él ya conociera mi cuerpo, como si supiera exactamente que botón apretar y cuales presionar al mismo tiempo. Apreté mi agarre en su cabello y mecí mis caderas contra su rostro. Su apenas notable barba frotaba mis muslos, mezclando la justa cantidad de dolor con placer. Estaba eufórica, casi segura de que esto era un sueño.

Como había dicho, increíble jodida química. Un gemido brotó desde el fondo de mi garganta y mi corazón estaba a punto de salirse de mi pecho.

De repente, las luces se encendieron y el elevador comenzó a moverse de nuevo. Nuestros pisos aún estaban iluminados, indicándonos que nos dirigíamos a nuestros destinos originales. Edward inmediatamente se paralizó y me miró completamente asombrado. Era como si nuestras identidades habían desaparecido de algún modo en la oscuridad, pero ahora que las luces habían regresado, habíamos vuelto a ser los mismos. Yo era la Directora Ejecutiva de Dyco Tech de nuevo, y él era el Director Ejecutivo de la Corporación Cullen, y éramos enemigos. Las luces de emergencia carmesí de alguna manera habían echado un velo de amnesia encima de los dos, y ahora que realmente nos podíamos ver, un resplandor sombrío cayó encima de nuestras recientes actividades. Se puso de pie y dio unos pasos atrás, recorriendo nerviosamente sus manos por su cabello. Reajusté mi vestido y torpemente recogí mi panti del suelo.

“Mi apartamento es la primera parada,” susurré juguetonamente.

Los ojos de Edward se abrieron desmesuradamente, justo cuando esos labios se retorcieron en una sonrisa tímida. Una risa forzada salió de su garganta. “Tienes razón. Podemos ser despedidos por esto,” Re abrochó su pantalón y tomó su maletín. “Supongo que fue un error,” dijo apresuradamente cuando las puertas se abrieron. “Lo siento.”

La sangre se me subió a las mejillas, la furia crecía en el fondo de mi garganta, y la única cosa que deseaba hacer en ese momento era golpearlo.

Así que lo hice. Lo abofeteé tan fuerte como pude.

“¡Tú me llamaste, cabrón!” le grité mientras salía del elevador. Me apresuré a mi apartamento, con lágrimas derramándose de las comisuras de mis ojos.

¡Estúpida! ¿Cómo pudiste dejar que esto pasara? ¿Por qué dejaste que esto pasara?

“Srta. Swan,” su voz provino detrás de mí.

Por mucho que deseaba detenerme y abofetearlo de nuevo, mis pies me llevaron hacia delante, negándose a permitir otra confrontación.

¿Qué putas iba mal conmigo?

Se había aprovechado de mí, pero yo lo había permitido. Busqué mis llaves al llegar a la puerta, abrí rápidamente y entré a mi apartamento, azotando la puerta detrás de mí, antes de que él pudiera avergonzarme aún más.

Me recargué contra la rígida madera, colapsando en el suelo y envolviendo las manos en mi cabello.

¿Cómo pude ser tan tonta?

Tocó un par de veces la puerta, llamándome por mi nombre desde el otro lado. Después de unos cuantos minutos de silencio, creo que debió haber concluido que no lo enfrentaría otra vez esta noche. Creí haberlo escuchado marcharse por el pasillo.

No podía creer que había permitido que esto pasara. Una fantasía es una cosa, ¿pero hacerla realidad?

Lo odiaba. Se suponía que lo odiaba. Necesitaba odiarlo, aunque sólo fuera para mantenerme alejada de él. Por más que sabía todo esto, mi cuerpo me pedía a gritos que abriera la maldita puerta. Pero no lo haría. Sabía mejor que eso.